La bomba coreana y la geopolítica de Asia PDF Imprimir E-Mail

Desde el colapso del bloque soviético, el régimen coreano se concentró en su supervivencia en el nuevo contexto, marcado por la uniformidad del poder norteamericano y su hegemonía. La lección que sacaron de la nueva realidad internacional fue sencilla, pero clave: había que asegurarse la subsistencia, procurándose una disuasión nuclear propia. La certeza de esta máxima, que a grandes rasgos ha sido asumida también por Irán, fue comprobada en países como Yugoslavia e Irak, que experimentaron sendas intervenciones militares. Los coreanos concluyeron que si los yugoslavos o los iraquíes hubiesen tenido la bomba, otro gallo hubiera cantado. Pensemos también que, a diferencia de los yugoslavos, los coreanos ya habían experimentado una guerra contra los Estados Unidos; en los 50 del siglo pasado, dejando 36.000 norteamericanos muertos (contra 800.000 coreanos y más de 100.000 chinos).

Pero no hay que buscarle tres pies al gato. La realidad indica que Corea del Norte es un estado que predica la política del chantaje. Ahí están los datos: el país tiene un PNB comparable al de Togo y gasta más del 20% de su presupuesto nacional en defensa.
Ha transformado sus instituciones y su peculiar ideología/religión nacional de autosuficiencia (Juche) en un esfuerzo militar con un millón y medio de hombres y mujeres como soldados. A día de hoy, el ejército se ha puesto por delante del partido único y es el garante del régimen. Los cañones tienen prioridad sobre el pan y poco importa que la hambruna asolase al país a cal y canto. Es más, las imágenes del hambre en Corea de Norte han sido usadas vil e inmoralmente para reclamar ayuda internacional; una ayuda que si llega, pero que se destina al ejercito y no al pueblo.
Históricamente, la dictadura norcoreana sólo es comparable a la de Stalin en los 30 y Mao en los sesenta. A esto sumémosle el famoso Juche, una mentalidad asiática en la que el individuo es mera función de un estado patrimonial.
Desde esa posición, gran parte del rearme coreano tiene como objetivo garantizar la supervivencia de su régimen y obligar a EEUU a negociar con ellos. Pero desde la llegada al poder de la administración Bush, Washington se ha negado a mantener conversaciones directas con Corea del Norte, manteniendo una perspectiva de cambio de régimen similar a las que adoptó en Ucrania, Georgia y otros países de la ex URSS.
Por que el gran objetivo de los EEUU no es Corea del Norte, sino menoscabar estratégicamente a China, la gran rival dentro de este siglo, empujando por ello el rearme japonés y dificultando los esfuerzos del presidente surcoreano Roh Moo-Hyun por avanzar hacia una reunificación de la península que dé más poder a Pekìn. Con eso en mente, los EEUU intentaron crear un foro regional para presionar aún más al régimen norcoreano, pero China y Rusia trastocaron esos planes en un proceso de conversaciones a seis bandas. Durante dos años, ese proceso, con la participación de Rusia, China, Japón, las dos coreas y Estados Unidos, se logró mantener la crisis dentro de un marco diplomático. En septiembre de 2005, tras cuatro sesiones sin resultados, los chinos consiguieron que americanos y norcoreanos firmaran una declaración de intenciones que contenía algunos puntos interesantes: desnuclearización de la península, garantías de no ataque y de ayudas, normalización de la frontera, solución pacífica y negociada de los asuntos. Fue un hito histórico. Sin embargo, Norcorea cumplió parte del acuerdo y siguió buscando la bomba, por lo que Washington bloqueó el comercio exterior de Pyongyang, amenazando a los bancos internacionales en los que el Corea mantiene cuentas para pagar sus importaciones con los preceptos de la "Patriot Act", una ley americana justificada en la lucha contra el comercio ilegal y lanzada después del 11S.
La respuesta de Corea del Norte fue un lanzamiento de misiles de prueba, de los que el único de largo alcance – teóricamente capaz de alcanzar Alaska – estalló a los pocos segundos. Esa medida llevó a Japón, el enemigo histórico de Corea, a decretar su propio bloqueo, interviniendo 15 compañías que comercian con Corea del Norte y el único ferry que comunica semanalmente los dos países. El nuevo primer ministro japonés, Shinzo Abe, hizo del endurecimiento hacia Corea del Norte uno de los puntos centrales de su programa de gobierno para los próximos años. La respuesta de Corea del Norte fue, precisamente, la explosión de la bomba, coincidiendo con la visita de Abe a Seúl, capital de Corea del Sur. Desde entonces Tokio ha introducido un serio paquete de sanciones que dejará sin electricidad a los norcoreanos en el próximo invierno. Que el resultado práctico de la crisis en la nueva fase que ahora se abre, sea un conflicto o incidente militar con Japón, es un escenario que ahora ha subido enteros y no se debe descartar en el futuro.
Es cierto que hay un debate sobre si la explosión fue nuclear o no. Pero esa no parece ser la cuestión de preocupación. Más bien, la pregunta es cuanto le falta a Corea del Norte para alcanzar la tecnología que permita montar una supuesta bomba en un misil y venderla, un paso muy complejo. Es cierto que Corea del Norte dispone del “copyright” del Shihab-5, un cohete de más de 5.000 kilómetros de alcance, capaz de portar cabezas nucleares, que sale y entra en la atmósfera como Pedro por su casa y que vende, a través de Rusia, actualmente a Irán. De hecho, es esa colaboración la que levanta sospechas, pues ambas naciones emprendieron su carrera armamentista a un mismo tiempo. Y aunque sea cierto que Corea ya ha atravesado el punto de no retorno y tenga la bomba, se debe tener en cuenta que Irán es aún más peligroso que Corea. Su diferencia es similar a aquella entre un majadero y un fanático.

 
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